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El nuevo cacao

Fecha de publicación

·25/9/2026·Mesa

La mazorca acaba de abrirse. Por dentro, las semillas están cubiertas por una pulpa blanca y húmeda que poco se parece al chocolate que conocemos. Hay algo casi desconcertante en ese primer contacto: antes de convertirse en una barra, una trufa o una bebida, el cacao es una fruta.



Durante mucho tiempo, la conversación sobre el chocolate comenzó demasiado tarde. Empezaba en la tableta, en la pastelería, en la chocolatería. El origen quedaba lejos, convertido en una palabra sobre la etiqueta.

Pero algo está cambiando. En América Latina, productores, chocolateros y chefs están mirando nuevamente hacia el fruto, hacia las variedades, los suelos, la fermentación y las personas que hacen posible que el cacao llegue a una cocina. El chocolate comienza a hablar de territorio.

Y quizá por eso ya no sabe exactamente igual.


Del cacao al territorio

En Ecuador, uno de los países que ha construido una identidad internacional alrededor del cacao fino de aroma, la conversación empieza en la finca. La Asociación Artesanal Sabor Arriba, por ejemplo, trabaja con cacao Nacional y describe perfiles sensoriales donde aparecen notas frutales, nuez, cítricos y chocolate. Son matices que obligan a abandonar la idea de que todo cacao es intercambiable.

La diferencia no está solamente en la variedad. La fermentación y el secado transforman profundamente el grano antes de que llegue al chocolatero. El trabajo posterior —tostado, refinado, conchado— puede revelar o alterar aquello que comenzó en la planta.

Por eso, proyectos como República del Cacao han construido buena parte de su propuesta alrededor del cacao fino de aroma en origen, trabajando con distintos países latinoamericanos y llevando esos perfiles a chefs y chocolateros de diferentes partes del mundo.

La idea de origen deja así de ser un recurso de marketing y empieza a funcionar como una herramienta gastronómica.

El nuevo chocolate no quiere esconder de dónde viene; quiere que podamos reconocerlo en el sabor.

En Ecuador, To’ak llevó esta obsesión por el origen hacia una interpretación especialmente rigurosa del chocolate. La marca trabaja con cacao ecuatoriano y ha construido su identidad alrededor de la procedencia, la fermentación y la elaboración artesanal, tratando cada chocolate casi como si fuera una cosecha específica.

No es casual que el lenguaje utilizado para describir estos chocolates se acerque cada vez más al del vino o el café: origen, variedad, fermentación, notas aromáticas, territorio.

El cacao está aprendiendo a contar su paisaje.



Guatemala también está volviendo al grano

En Guatemala, esa conversación tiene una profundidad particular. El cacao forma parte de la historia alimentaria y cultural de Mesoamérica, pero también está encontrando nuevas maneras de entrar en la gastronomía contemporánea.


Danta Chocolate


En Ciudad de Guatemala, Danta Chocolate representa una de las expresiones más claras de esa transición. La chocolatería artesanal, fundada en 2008, trabaja con cacao nacional y controla el proceso desde la selección del grano hasta la elaboración del chocolate y los bombones. Su propuesta incluye barras, trufas, piezas artesanales y ediciones elaboradas a partir de cacao de fincas específicas.


Danta Chocolate


Lo interesante de Danta no es solamente que utilice cacao guatemalteco. Es que convierte la transformación del grano en parte de la identidad del producto. La distancia entre la finca y el bombón se vuelve visible.

Actualmente, la marca mantiene espacios en Ciudad de Guatemala y Mixco, entre ellos su atelier y puntos de venta en zonas 14 y 15 y Naranjo Mall.

Pero Guatemala tiene otra historia que contar.

En San Antonio Palopó, a orillas del lago Atitlán, Xocolatl trabaja desde una tradición familiar vinculada a comunidades mayas tz’utujiles. El proyecto produce chocolates artesanales, trufas y bombones desde 1990 y ha mantenido conocimientos transmitidos durante generaciones. Su sede en San Antonio Palopó también trabaja directamente con cacao proveniente del norte de Guatemala y ofrece una aproximación al chocolate que conecta grano, cultura y territorio.


Xocolatl


Aquí el cacao deja de ser solamente materia prima.

Se convierte en memoria.


La existencia de estas chocolaterías resulta significativa porque muestra que la conversación sobre el nuevo cacao no ocurre únicamente en restaurantes de alta cocina o en laboratorios gastronómicos. También sucede en talleres pequeños, negocios familiares y proyectos donde el conocimiento se transmite de una generación a otra.

Hablar de cacao latinoamericano es hablar de muchos paisajes, muchas memorias y muchos sabores.


El chocolatero vuelve al campo

El cambio también está modificando la relación entre quien cultiva y quien transforma.

En México, el trabajo de chocolateros y cocineros contemporáneos ha contribuido a devolver atención a los ingredientes originarios y a procesos que habían quedado fuera de la conversación gastronómica sofisticada. En otros países, esa búsqueda ha tomado la forma de colaboraciones directas entre productores, chocolateros y chefs.

Un ejemplo fue My Field to Bar, proyecto desarrollado por el chef y chocolatero mexicano Luis Robledo junto con República del Cacao. La iniciativa buscó vincular directamente a finqueros cacaoteros con chocolateros y chefs para desarrollar una barra a partir de cacao ecuatoriano.



La operación parece sencilla, pero cambia la jerarquía de la historia. El productor deja de aparecer como una figura invisible al principio de la cadena. Su trabajo se convierte en parte del relato gastronómico.

Y cuanto más se mira el origen, más evidente resulta la diversidad.

Hay cacao ecuatoriano, mexicano, colombiano, guatemalteco. Hay variedades, alturas, suelos, fermentaciones y maneras distintas de entender el mismo fruto.

La idea de un único “chocolate latinoamericano” empieza entonces a resultar insuficiente.



La transformación más interesante quizá esté ocurriendo cuando los cocineros dejan de pensar únicamente en las semillas.

El cacao también tiene pulpa, cáscara, manteca y nibs. Cada parte abre una posibilidad diferente. Algunas propuestas contemporáneas incluso han comenzado a recuperar la fruta completa, devolviendo al cacao algo que el chocolate industrial había hecho olvidar.

Porque antes que chocolate, fue fruta



Quizá eso explique por qué el cacao vuelve a despertar interés entre chefs y chocolateros. No porque necesite ser reinventado, sino porque todavía no ha terminado de ser comprendido.

Hay sabores que aparecen después de una fermentación precisa. Aromas que dependen de una variedad concreta. Texturas que cambian con el tostado. Territorios que pueden reconocerse en una semilla antes incluso de conocer su historia.

Al final, la pregunta ya no parece ser qué chocolate queremos comer.

Es cuánto del lugar donde nació estamos dispuestos a descubrir en él.



La mazorca vuelve a cerrarse sobre su propio secreto. La fruta queda atrás y comienza el trabajo que convertirá sus semillas en algo familiar.

Pero después de mirar más de cerca, el chocolate ya no puede parecernos completamente anónimo.

Detrás de cada barra hay una variedad, una finca, una fermentación, unas manos y un paisaje.

Y quizá el nuevo cacao empieza precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos solamente a qué sabe el chocolate y comenzamos a preguntarnos de dónde viene, quién lo transforma y qué historia conserva.