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El maíz no ha terminado de decirlo todo

Fecha de publicación

·16/9/2026·Mesa

Antes de llegar a la mesa, el maíz ya ha pasado por varias vidas. Se escucha el golpe seco de la masa contra el comal, el vapor que se escapa cuando una tortilla se infla y ese aroma tostado que aparece apenas unos segundos antes de que alguien la retire del fuego. En una cocina contemporánea, la escena podría parecer elemental. Pero detrás de ese gesto hay una tecnología, una memoria y una diversidad que todavía estamos aprendiendo a mirar.

El maíz ha estado tanto tiempo en nuestras mesas que quizá por eso hemos dejado de verlo. Su presencia cotidiana puede ocultar su complejidad. En México, la nixtamalización —cocer el grano con agua y cal para transformarlo en masa— continúa siendo una de las técnicas fundamentales de su cocina. No es solamente un procedimiento culinario: modifica textura, sabor y propiedades nutricionales del grano.

Ahora, una generación de cocineros está volviendo sobre ese conocimiento no para convertirlo en una reliquia, sino para preguntarse qué más puede hacer el maíz.


Volver al grano

En Ciudad de México, Molino El Pujol convirtió esa pregunta en una operación concreta. El proyecto de Enrique Olvera trabaja con maíces criollos y nativos de distintas comunidades, los nixtamaliza diariamente y transforma el grano en masa y tortillas que también llegan a las cocinas de Pujol y eno.

La importancia del molino no está solamente en recuperar una técnica. Está en devolverle visibilidad a algo que la industrialización había vuelto casi invisible: el maíz como producto agrícola con variedades, procedencias y sabores diferentes.

Una tortilla deja entonces de ser simplemente el soporte de un taco.

Empieza a convertirse en ingrediente.

Ese cambio de perspectiva también aparece en proyectos como Maizajo, de Santiago Muñoz, donde el molino y la tortillería forman parte de una conversación más amplia sobre variedades nativas, nixtamalización y relación con los productores. La búsqueda no consiste en hacer que la tortilla parezca sofisticada. Consiste en recuperar todo aquello que puede decir antes de llegar al plato.


La cocina contemporánea no está descubriendo el maíz; está aprendiendo a escucharlo.

En Guatemala, esa conversación adquiere otra dimensión. El maíz no es solamente un ingrediente central de la cocina: forma parte de una cosmología que todavía atraviesa la cultura y la alimentación cotidiana.

En Diacá, la chef Débora Fadul ha construido una cocina alrededor de la relación entre territorio, productores e ingredientes guatemaltecos. Su propuesta se define como una “Cocina Explorativa de Raíz” y trabaja con productos del país para explorar recuerdos, identidad y territorio.


La mirada resulta reveladora porque desplaza la conversación. Ya no se trata únicamente de reinterpretar una receta tradicional. Se trata de entender qué sucede cuando un cocinero vuelve a mirar el ingrediente desde su origen.


Lo que todavía puede hacer una tortilla

En la alta cocina, el maíz también ha encontrado nuevas formas de aparecer sin perder completamente su memoria.

En Pujol, el maíz acompaña el célebre mole madre en distintas variedades y preparaciones. El propio restaurante ha explorado tortillas de diferentes colores y maíces criollos como parte de un plato cuya historia ha evolucionado durante más de una década.

La tortilla deja así de ocupar el margen de la experiencia gastronómica. Puede tener variedad, temporalidad y carácter propio.

En Guatemala, Flor de Lis trabaja desde otro lenguaje. El restaurante de Diego Telles construye su cocina alrededor de la tradición guatemalteca y la narrativa del Popol Vuh. Uno de sus platos, “La Abuela Ixmukane”, transforma el maíz dulce en croquetas acompañadas de quesillo y poporopos caramelizados, mientras la presentación incorpora humo de mirra.

Aquí la reinterpretación no busca borrar el origen. Lo vuelve más visible mediante otros códigos: textura, temperatura, humo, forma, relato.

Eso quizá sea lo más interesante de la nueva relación entre el maíz y la gastronomía contemporánea. No estamos ante un ingrediente que necesite ser rescatado de su pasado. Estamos ante uno que todavía tiene suficientes posibilidades para seguir cambiando.

Y quizá por eso sigue apareciendo en lugares tan distintos: en un molino de barrio, en una cocina de degustación, en una tortillería, en un restaurante de autor o en la mesa de todos los días.

Al final, quizá la pregunta no sea cuánto puede sofisticarse el maíz.

Es cuánto tiempo llevamos mirándolo de la misma manera.

Porque mientras el grano siga cambiando de color, mientras una nueva cosecha llegue al molino y alguien vuelva a poner una tortilla sobre el fuego, la historia todavía no está terminada.

El maíz no ha terminado de decirlo todo.